La gente, los amigos, la familia, están sin duda expectantes acerca de mi futuro. Este mes he terminado de deshacer los últimos lazos que me mantenían unido a cualquier compromiso de importancia con mis ocupaciones de antaño y mi vida anterior. La decisión no únicamente mía de no presentarme de nuevo al ayuntamiento de Canfranc me deja en una posición privilegiada para poder optar con entera libertad entre los diferentes rumbos que puede tomar mi vida en los próximos años. Me siento perfectamente bien, con ganas de todo, y a veces incluso siento cierta euforia y unas grandes dosis de vértigo por las inmensas posibilidades que a mi edad y en mi situación se me presentan por delante.
Estoy muy a gusto donde estoy. El hotel es una gran aventura a la que no renuncio para nada y que sin duda pretendo convertir en un éxito con todo el esfuerzo y dedicación posibles. Pero otra temporada como el invierno que acaba de dejarnos sería definitivamente demoledora. Y no depende de mí que nieve o no. Si no me acompaña un poco la suerte en ese aspecto, en un par de años como mucho deberé decidir qué hacer. Y lo más importante de todo esto es que no me importa, no me agobia ni me angustia un desenlace que contemple la posibilidad de verme obligado a cambiar, aunque bien es cierto que sería una verdadera pena. Y lo mejor es que tampoco me importa, incluso me motiva mucho, pensar que si ese cambio debe producirse finalmente deba ser fuera de aquí... ¿Dónde? Las opciones son infinitas.
Este último año tengo la sensación de haber vivido una catarsis sentimental, profesional, laboral y personal que me retuvo muchos meses hundido en un pozo demencial del que pude salir con la ayuda de muchas personas. Alguien me decía hace unos días que había sido capaz de retomar las riendas de mi vida conservando lo más importante: la familia y los amigos. Lo cierto es que el horizonte se presenta emocionante, la gente sigue a mi lado, y las posibilidades son enormes, atractivas, variopintas y dispares. Todo puede ocurrir, no descarto nada, y eso precisamente es lo más grande. Siento un cosquilleo en la boca del estómago cuando pienso los mil caminos que puedo tomar para dirigir con decisión mis pasos en los próximos años.
P. ya está bien. Parece haber encarrilado de nuevo su vida y se le ve feliz, pletórica, exultante y llena de ganas por comerse el mundo, cosa de la que me alegro muchísimo. Esa sensación de pequeña gran culpa por el dolor provocado, por la duda de no haber hecho las cosas del mejor modo posible, comienza lentamente a desvanecerse. Recientemente hemos comido juntos y su mirada, la expresión de su cara, su actitud, denotan a las claras que vuelve a estar ilusionada, con proyectos de futuro y disfrutando de los días a pequeños sorbos.
Respiro serenidad por cada poro de mi piel. Finalmente la vida sigue su curso preguntándonos a cada instante qué deseamos hacer con ella. Y lo importante siempre es saber responderle.
Trevor Brady firma la imagen