Tener un negocio de hostelería puede resultar ciertamente "exclavo". Hay que estar. Siempre hay que estar, aunque en los días de frío, lluvia y nieve no entre un alma. Pero como todo, tiene su lado bueno. La gente siempre sabe dónde estoy y con cierta frecuencia recibo visitas inesperadas, a veces sorprendentes. Ha sido el caso de hoy. Elena, Isabel y Ana ha venido a verme de repente, sin avisar, mientras miraba aburrido un capítulo repetido de una de esas series que ahora están tan de moda. Al oír la puerta me he levantado y ahí estaban las tres sonrientes. Las he abrazado con sincero cariño, fuertemente. Es curioso. A los franceses de cierta edad les llama la atención esa muestra pública de afecto tan intenso. Cada vez que me ven abrazar a alguna muchacha amiga piensan que es un lío, un amorcete, una aventurilla o una novia desconocida y oculta. Y luego abundan los comentarios jocosos al respecto a los que, afortunadamente, no hago caso y respondo con humor.
Hemos hablado largamente y compartido un buen rato de risas y reflexiones que surgían de modo casual. Es sorprendente comprobar cómo la magia no desaparece a pesar del tiempo, cómo en cinco minutos se puede recuperar una confianza que quizá se durmió durante un tiempo. Si hay alguien a quien quieres una vez de verdad, le quieres de por vida pase el tiempo que pase y sean cuales sean las circunstancias vitales de cada cual y los tropezones provocados por el destino de cada uno. Ese querer se esconde, se transforma, se oculta, se duerme, probablemente se serena, pero no desaparece ni mucho menos muere.
Se han despedido como han llegado y depués, por un instante, me he quedado contemplando las banquetas donde han estado sentadas y los vasos de cerveza vacíos que han consumido. Y he pensado una vez más la suerte que tengo con la gente, con las personas, con ese mundo humano que supe crear durante años a mi alrededor y que sigue presente incluso en los domingos de lluvia más inesperados. Y lo mejor de todo es que sigo conociendo gente, sigo recibiendo sonrisas nuevas como la de Pepe, la de Ana, la de Carlos, la de Gregory, la de Ane, la de Nacho, la de Patrick, la de Laurence, la de Marcel, la de Chus, la de Rosa... la de tantas y tantas personas que me son nuevas desde que estoy aquí.
Mañana lunes seguirá lloviendo en Urdós. E inmerso como suelo estar en esta soledad abrumadora que imponen los días de mal tiempo, volveré a sentirme orgulloso y contento de todas y cada una de las personas que en un momento dado deciden sin más venir a verme. Es un placer... Ponen color, claridad, luz y redondez a mi percepción particular de todas las cosas.
La foto es de Putrasamosir