De calderas y otros asuntos menores
Vinieron a visitarme ayer Carlos Tomás (hermano de Bambino) y su chica, quien me ha de disculpar porque soy un poco zopenco para estas cosas y no recuerdo su nombre. Ellos fueron testigos directos de mi ataque de pánico: ayer domingo por la tarde, con el hotel casi lleno por un nutrido grupo de parejas con niños, se estropeó la caldera de la calefacción. Raudo y veloz, me quedé parado... y comencé a temblar. Comprobé el nivel de gasoil y quedaba suficiente. Llamé al técnico de Sarrance que lleva el mantenimiento de mi instalación y respondió un contestador automático. Llamé al distribuidor que me proporciona el gasoil para rogarle que subiera, no fuera a ser que al fin y al cabo la parada se debiese a la escasez del combustible, y me dijo que los domingos tenían terminantemente prohibido circular por las carreteras. Yo juraba para mis adentros en hebreo mientras Carlos Tomás hacía lo indecible por poder echarme una mano. Finalmente llamé a Christelle... ¡Socorro! Ella telefoneó a Bruno, quien me trajo tres bidones de 20 litros de gasoil. Mientras, los clientes permanecían en el salón junto al fuego, sin calefacción en las habitaciones y sin agua caliente. Cuando llegó Bruno, llamó al hotel el técnico de la caldera. Le pasé directamente con Bruno y le dio instrucciones para desconectar los tubos flexibles que unen la caldera con el depósito e introducirlos directamente en los bidones. Mientras Bruno ejercía de fontanero, yo trataba de atender a más clientes que entraban en el bar, y aseguraba a los otros que haríamos funcionar la calefacción fuese como fuese. Las instrucciones del técnico dieron resultado y, tras un par de horas de nervios tensos, la caldera arrancó...
Si tenía que pasar, tenía que ser en domingo y por la tarde. Al menos estrenamos la chimenea en esta temporada aciaga.













