
Vuelvo a caminar. Hacía más de tres años que no salía al monte por placer. Este año, allá por mayo volví a andar. Salí de la puerta del hotel, en Urdos, y llegué a la puerta de mi casa, en el viejo Canfranc, por el puerto de Somport. Ese día por la tarde no podía moverme, pero me sentí enormemente bien. Luego llegaron las decenas de ascensiones a Estanés para hacer ejercicio casi diario. La primera vez que subí al ibón este año, aún había nieve. Y quiero seguir subiendo hasta que vuelva a caer. Más tarde llegaría el "chemin de la mature", el descubrimiento a pie de parte del valle de Aspe, y de nuevo la canal Roya, la canal de Yzás, la canal de Yp... He recuperado vieja ropa y utensilios de montaña que ya tenía olvidados en un baúl de la buhardilla. El imprescindible chubasquero rojo, el sombrero que compré en el 94 en Barrabés, el pañuelo negro, los bastones telescópicos, el forro polar que casi no llegué a usar... vuelven a formar parte de mi rutina. He caminado muchísimo este año, sobre todo hacia Estanés. Subir a ese lago ha sido una droga, una necesidad, una liberación. Todos los días que podía me levantaba a las siete y media. A las diez y media u once estaba de regreso en el hotel para comenzar mi jornada laboral. He visto el lago con sol, con nieve, con lluvia, con niebla, con viento... he subido por Sansanet, por Candanchú, por Espelunguère. He visto cómo llegaban las ovejas y las yeguas en junio y cómo abandonaban los pastos en septiembre. Me he topado con infinidad de sarrios, marmotas, buitres, alimoches, tejones... La montaña sin duda ha sido una de las cosas que me ha permitido sostenerme todo este tiempo. Más que nunca me he sentido parte de esta tierra, he desdibujado adrede a veces, inconscientemente otras, la frontera entre Francia y España, entre Aragón y el Bearne. He palpitado al ver cómo los hayedos se llenaban de hojas y los prados de flores en primavera y cómo el sobrecogedor otoño despedía a los veraneantes, montañeros y turistas. Y seguiré subiendo hasta que el mal tiempo me lo impida.
Mañana iré de nuevo a caminar, subiré a la Moleta por Canfranc Estación. Volveré a calzarme esos maravillosos zapatos de monte desgastados y que ya no tienen casi suela, pero que conservo y sigo usando porque son los mejores y más cómodos que nunca he tenido. He de comprarme otros ya, pero me da lástima deshacerme de éstos.
Otro día iré a hacia la zona de Lescun y Ansabère. Pedro Caballero me ha enviado esta increíble fotografía de esa zona, por donde estuvo ayer, acompañándola de un texto bello y emocionante, una hermosa reflexión sobre esta actividad que es patear la montaña. Me ha sorprendido ese correo, que agradezco en el alma a Pedro, ese enorme personaje al que a veces envidio sanamente, si la envidia puede ser sana, por su modo de entender la vida y vivirla. Gracias Pedro. Va por ti.